Comiendo por Japón. Día 6: Ceremonia de té y algodón de azúcar

Kyoto me terminó de conquistar el segundo día que lo conocimos.

Ceremonia de té o Chanoyu

Nos despertamos muy temprano para ir a la casa Wakwak-kan (construida en 1910) y participar en una ceremonia de té.

Nos recibieron unas señoras vestidas con kimonos y nos pidieron que las acompañáramos arriba para cambiarnos.

Yo no lo sabía pero la ceremonia de té incluía el poder usar los trajes tradicionales por lo que una señora de unos 100 años me ayudó a ponerme un camisón, una falda, una blusa, dos fajas, un kimono rosa, otra faja negra con pétalos verdes, blancos y rojos (¡como México!) y unas flores blancas y azules en el pelo.

Bajé en modo geisha al salón que estaba compuesto por tatamis (tapetes de paja con orilla de tela), una olla en un hoyo el centro del cuarto, un contenedor de cerámica y al fondo en la pared, un lienzo con unos caracteres japoneses y un arreglo de flores muy sobrio.

Entró la anfitriona de la ceremonia dando pasitos chiquititos, arrastrando los pies y nos pidió que nos sentáramos.

Nos explicó primero cómo se obtiene el matcha o té verde molido. Al parecer las plantas del té se cubren del sol creando un color verde más oscuro en las hojas y esto lleva a que generen más aminoácidos lo que hace un té más dulce y con un sabor más intenso. Es decir, es como un té verde plus.

Chadō (camino del té) es el estudio de la ceremonia del té, mientras que chanoyu es la ceremonia en sí. Es decir que, así como el judo (camino de la flexibilidad) o el karatedo (camino de la mano vacía), la ceremonia de té es todo un arte.

Después, la anfitriona nos explicó la importancia de los modales, el agradecimiento y el respeto que hay que mostrar hacia el anfitrión y hacia los demás invitados.

El rito fue el siguiente: la anfitriona repartió un dulce a cada uno de los invitados; pidió silencio; con toda la solemnidad, calma y concentración del mundo, limpió los utensilios, virtió agua de la olla en un cuenco y añadió una cucharadita del matcha, luego lo mezcló agitándolo con una brocha de bambú o chasen hasta que salió espuma.

El invitado más cercano a la anfitriona, que en este caso era Mau, recibió el cuenco con té.

Antes de probar el té puedes comerte la mitad del dulce que tienes ya que el té no tiene azúcar y puede ser un poco amargo. Los dulces tenían forma y color de hojas de maple porque sus diseños van cambiando de acuerdo a las estaciones.

Para recibir el té, el primer invitado tiene que hacer una reverencia al anfitrión en señal de agradecimiento, luego debe girar el cuenco contrareloj para que el dibujo del cuenco quede viendo hacia el anfitrión, después, debe voltear al invitado de su izquierda y decir: “osaki ni” (antes que usted) y el invitado de la izquierda debe responder “dozo” (por favor, adelante), finalmente se debe tomar del té y en el trago final hacer el sonido de un sorbido rápido para hacerle saber al anfitrión que estuvo rico.

Cabe recalcar que todos estos modales nos los habían explicado dos minutos antes en un curso express, así que los 6 invitados que estábamos ahí hicimos lo que mejor pudimos.

Un día me dijo mi abuelo: “los modales son la manera de demostrar tu respeto a los demás” y vaya que los japoneses los tienen (rayando en el exceso).

Cuando por fin probé el té fue un sabor fuerte, aromático, amargo y astringente que se convirtió en ligeramente dulce al final.

Quise con todo mi corazón que me gustará pero tristemente ni con todo el ritual y protocolo lo logré; no obstante, me tomé hasta el último trago para no brindar deshonor a la familia.

Después de que todos tomaramos del té, pudimos comer la otra mitad del dulce que se complementa muy bien con la amargura del té.

Al finalizar la ceremonia, nos dejaron intentar a nosotros hacer el té y tengo que decir que me quedo espectacular, modestia aparte.

Lo que más me gustó de la ceremonia fue que al final la anfitriona nos leyó lo que decía el lienzo en la pared: “Ichi go, ichi e” que significa: una vez, un encuentro.

Esta frase quiere decir que cada encuentro se tiene en un momento preciso de la vida y que jamás se vuelve a repetir.

A lo largo de la ceremonia estás concentrado en seguir los pasos adecuados, en mostrar respeto tanto al anfitrión como a los invitados, en saborear el té recién hecho, vaya, estás 100% ahí y eso llena de significado ese momento de tu vida qué pasa una sola vez.

No pude evitar cuestionarme qué pasaría si viviera cada momento de mi vida así.

Es curioso como una frase tan corta puede estar tan llena de sabiduría.

Salimos de ahí felices después de la experiencia tan enriquecedora que tuvimos.

Algodón de azúcar

Después de visitar dos impresionantes templos (Sinjungansendo Hall y Kiyomuzu Dera) dimos con una calle donde vi los algodones de azúcar más grandes y esponjosos de mi vida.

Nos acercamos y había una tiendita muy linda que se llama “Jeremy & Jemimah”. Tienen sabores muy originales como de sakura mochi (cherry blossom rice cake), matcha, yuzu, ciruela salada y polvo de soya con jarabe de azúcar.

Pedí uno sencillo de azúcar para no errarle y me dio risa porque la señorita tenía guantes quirúrgicos, tapabocas, gorro y lentes especiales y siguió un estricto protocolo de aproximadamente 10 minutos para preparar el gigantesco algodón de azúcar que me iba a dar.

Por fin me entregó una bola de algodón que medía unos 50 cms de diámetro.

Azúcar hecha nube que se derrite en tu boca y el “sugar rush” de mi vida ¿se puede pedir más?

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