Comiendo por España. Mercado de San Miguel.

Fotografía: Mauricio Oliver (@mau_in_cdmx)

¿Fueron a Mercado de San Miguel? ¡Es una trampa para turistas! – nos dijeron los amigos madrileños de Mau.

Sí había muchos turistas, sí es más caro que un mercado normal, pero la verdad lo gozamos. Más que un mercado, lo describiría como un food court gigante con comida de primera calidad en donde puedes tener un primer acercamiento con la gastronomía española.

En el mundo de los glotones como yo, ir a un mercado me da tanta alegría como le da a una niño ir a una juguetería.

Estaba como Golden Retriever corriendo de puesto en puesto sin saber qué escoger primero.

Hay que maximizar el espacio, entonces, siempre es mejor compartir algo con tu acompañante en cada puesto para poder probar de todo.

Empezamos con una empanada de carne de ternera con queso calientita en “La hora del Vermut” que me supo a gloria.

Luego, llegamos a los pintxos de “Arzabal”. ¡Qué difícil es la vida de una indecisa! Me pase unos 10 minutos analizando, ponderando, decidiendo cuál era el pintxo más delicioso y a cuáles debía renunciar. ¡Había de todo! Tapas de atún, de langosta, de camarón, de langostinos, de boquerones, de pimientos, ensaladas, empanadas, etc.

Elegimos un pintxo de pimiento con boquerones, uno de atún con huevo y uno de camarón con curry. No sé cómo logran que el pan no se aguade y esté crujiente y suave. Estaban rebosantes y tenías que malabarearlos hasta tu boca. El producto se nota súper fresco y de primera calidad y le añaden caviarcito encima. Una delicia. Luego, le añades una caña y ya estás.

Después, llegamos a un puesto en donde probamos un pintxo de foie gras con trufa negra. Estaba rico, porque pues es fois gras y trufa pero, honestamente, me gustan más los pintxos originales. El sabor de la trufa opacaba todo lo demás.

Luego, nos topamos con un puesto que se llama “Mozzarella Bar” y probamos un pintxo de burrata, jamón ibérico y mermelada de higo que me volvió loca. El queso era tan cremoso y contrastaba con lo salado del jamón y lo dulce del higo. Era una probadita de cielo.

La bondad de los mercados es que puedes probar de todo un poco. Así que decidí ser fuerte y aguantar comerme cuatro de esas tapas para probar más cosas.

Seguimos explorando y vimos un puesto de comida gallega al cual, por supuesto, nos acercamos. Pedimos vieiras que te dan calientitas con aceite de oliva, sal, pimienta y orégano y una orden de percebes.

Jamás había visto ni probado los percebes. Parecen manos de Tortugas Ninja. Tienes que tomarlos de la parte que parece garra y luego jalar la piel que parece plástico para descubrir la carnita. Saben como callos pero más saladitos. ¡Me gustaron! Después, investigué y aprendí que los percebes son crustáceos y que son hermafroditas.

Dimos la vuelta sin saber que venía lo más espectacular del día: el jamón ibérico de bellota. 

Nos cortaron unas quince finas láminas del jamón con el rojo más vibrante que yo jamás haya visto.

Me lo metí a la boca esperando un jamón superior al que he probado en México sin esperar probar una de las cosas más deliciosas que he comido en mi vida. 

El jamón ibérico de bellota debe cumplir con dos requisitos principales: primero, que el cerdo venga de al menos un progenitor de raza ibérica; y segundo, que la alimentación del cerdo se base en bellotas y hierbas.

Se sentía el sabor intenso del cerdo, de la sal, y de la bellota. Los pedazos con grasita se derretían en mi boca como mantequilla. Mau y yo nos volteábamos a ver como para asegurarnos que era verdad tanta delicia. No quería que se acabara nunca.

Después de mi epifanía con el jamón y de nuestro recorrido, nos regalamos un postre. ¿Cómo nos cupo? Siempre he dicho que el postre se va al corazón.

Fuimos a los helados del genio repostero Jordi Roca: “Rocambolesc”. Pedí un helado “Làctic” basado en el postre “Láctic” servido en el “Celler de Can Roca”. Es helado de leche de oveja con dulce de leche, confitura de guayaba y algodón de azúcar. La guayaba le da un toque super especial y me sentí como una niña con mi helado con un algodón de azúcar encima. 

Fue el cierre perfecto para nuestra odisea de gordos. 

El mercado me gustó mucho, tiene un ambiente relajado, está iluminado con ventanales en vez de paredes y tiene puestos muy variados y de alta calidad.

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