Comiendo por Italia. Roma.

Fotografía por: Mauricio Oliver (@mau_in_cdmx)

Aterrizamos en Roma por la noche y rentamos una camioneta.

Confieso que sonaba una playlist que creamos llamada “Roadtrip Italia” y entramos a la ciudad cantando “Volare” a todo volumen mientras se erigía ante nosotros el Coliseo completamente iluminado y Mauricio casi se estrella por irlo viendo. Más turistas no podemos ser… ya lo sé.

Nos despertamos temprano, apuré a Mau, nos peleamos porque lo apuré, nos encontentamos y por fin salimos listos para conocer -lo más que se pudiera- Roma en 3 días.

Eran las 2 de la tarde y ya habíamos visitado el Coliseo, el Foro Romano, el Pallatino y el Arco de Constantino.

Todo muy histórico y muy interesante pero yo no podía esperar a COMER.

Por supuesto entré en modo TOC y no quería probar en cualquier lugar mi primera comida italiana. Quería un lugar perfecto.

Pero los viajes y la vida no se tratan de eso. Tienes que soltar, dejarte llevar, entrar en el lugar que más se te antoje y esperar lo mejor.

Vimos un restaurantito muy lindo llamada “Taverna Romana” que colecciona saleros y pimenteros.

Fue todo lo que esperaba. Nos sentamos en una mesa diminuta en donde estabamos codo a codo con otras parejas de comensales (pre-Covid).

Nos sirvieron un poco de vino y pan de la casa y por fin pude probar mi primera pasta con salsa de tomate italiana.

¡Fue extraordinario! La pasta tiene una consistencia tan distinta. El término “al dente” jamás fue tan claro para mí. Estaba cocinada al punto exacto en el que era suave al morder pero mantenía cierta firmeza en el centro. Los jitomates eran dulces y jugosos y el queso parmesano era fresco y lleno de sabor.

Nada de postre, porque nos esperaba un gelato en la histórica cafetería “Ciampini”.

La belleza de Roma radica en que del camino del restaurante a los helados, tropezamos con las piedras doradas empotradas en el empedrado (Stolpersteine) que conmemoran a los miembros de las familias que vivían en esas calles y que fueron privados de su vida en el Holocausto, pasamos por el monumento obscenamente gigante de Victor Manuel II, por el Panteón de Agripa, por unos cuantos obeliscos y por tiendas y más tiendas llenas de la ropa, zapatos y bolsas más maravillosos y elegantes que he visto jamás.

Llegamos a la Plaza de San Lorenzo a la cafetería “Ciampini”, la cual fue un punto de reunión para intelectuales, artistas, políticos y periodistas de la época desde los años 40.

Nos sentamos y pedimos café y gelato, uno de chocolate y otro de avellana que vienen servidos con unas galletas estilo waffle. Eran extra cremosos y tenían una intensidad de sabor impresionante. Nos los comimos y tomamos nuestros cafés mientras veíamos la vida pasar en la plaza.

Después de lo que parecieron 3 días de tanto pasearnos y no uno, fuimos a cenar a la “Taverna dei Fori Imperiali”. Un restaurante estilo “taverna” en Italia que normalmente es más informal y familiar.

Los que me conocen saben que soy una mujer de “buen diente”. Pero ni con esta cualidad mía logré ponerme a la altura de los italianos.

Estos italianos tienen: Antipasti (entradas como ensalada o carnes frías), Primi (primer tiempo como risotto, pasta o gnocchi), Secondi (segundo tiempo o plato fuerte como carne, pescado o pollo), y Dolce (postres).

Uno como sea se pide una pastita para cenar, pero para ellos es apenas el comienzo.

Pero bueno habíamos caminado unos 20 kilómetros ese día así que lo ameritaba la ocasión.

Empezamos con el Antipasti y pedimos una ensalada “Caprese” de tomate con queso Mozzarella de búfala.

No es mala onda pero todas las demás ensaladas que he probado en mi vida no le llegan ni a los talones a esta humilde y deliciosa ensalada de tomate, queso, aceite de olivo, albahaca, arúgula, aceitunas y sal.

¿Les ha pasado que la persona con la que van pide algo más rico que ustedes? Normalmente esa soy yo, pero esta vez fue Mau quien pidió como Primi unos ravioles de queso ricotta con mozarella con salsa de tomate y albahaca, mientras que yo pedí una pasta “Cacio e pepe” (queso y pimienta) con trufa negra.

Puedo decir que estos ravioles fueron la cosa más deliciosa que probamos en todo el viaje. De nuevo era sólo: pasta, tomate, queso, y albahaca pero es uno de los platillos más reconfortantes y llenos de sabor que he comido. No se qué sea pero los tomates aquí saben 10 veces más a tomate.

No soy ninguna experta, pero pienso que la trufa debe usarse en dosis moderadas o ésta anula por completo los demás sabores del platillo. Fue un poco lo que pasó con mi pasta. La consistencia de la pasta era perfecta pero al tercer bocado era como estar mordiendo una trufa gigante y no pude saborear para nada el queso Pecorino de la pasta ni la pimienta.

Tuvimos la osadía de pedir como Secondi un filete de puerco salteado con ciruelas y vinagre balsámico.

No hubo posibilidad física para pedir Dolce.

Nos rodamos al hotel y caímos en un coma hasta la mañana siguiente.

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