Cocinando en tiempos de Coronavirus

La cocina ha sido mi refugio está cuarentena. Hoy más que nunca me da paz saber que si sigo las instrucciones y mido bien los ingredientes de una receta voy a tener el resultado que esperaba (en la mayoría de los casos).

Por unos momentos, la incertidumbre y la ansiedad me dejan y sólo tengo enfrente lo que estoy haciendo.

Cuando cocino no me preocupo por nada más que por lo que está en mis manos en ese momento, como por ejemplo: no rebanarme un dedo.

No pienso en qué va a pasar mañana ni en cuándo va a llegar el p*to pico de la pandemia sino que pienso, a lo mucho, en lo que va a pasar dentro de la siguiente media hora.

En estos días en que estamos tan limitados, tengo la libertad y el tiempo de cocinar lo que yo quiera. De aprender recetas nuevas. Por fin pude hacer el pie de cinco horas que había querido hacer por meses. Me pude sentar a leer mis libros de cocina. Hice un soufflé yo solita!

Por qué ahora todos somos chefs juzgando por los ocho mil “banana breads” que he visto en mis feeds?

Pienso que es porque en un tiempo en el que hemos perdido tanto, la comida se consolida hoy más que nunca como una muestra de amor y de cariño hacia nosotros mismos, nuestras familias y la sociedad.

La comida en estos días no solo alimenta cuerpos sino que alimenta almas.

Desde apoyar a quienes están pasando por tiempos difíciles, hasta poder preparar platillos para nuestros seres queridos, la comida es una constante que nos regala un pedazo de seguridad, de estabilidad y de rutina en medio del caos colectivo.

El Chef Gusteau en Ratatouille decía: “Cualquiera puede cocinar”.

No importa si eres Chef o si nunca en tu vida has cocinado un huevo. Nunca es demasiado tarde para empezar a hacer o aprender más de algo que te hace feliz.

En principio, una pandemia no debería ser el catalizador para poder perseguir tus pasiones (existimos personas que sólo están tratado de sobrevivirla y eso es más que suficiente) pero si lo hace, qué mejor!

Me siento en la barra de mi cocina a comer junto con Mau y con Yoko, la eterna pepenadora, metida entre nuestras piernas y gozo cada bocado del risotto más quesoso del mundo hecho con Parmesano y corazones de alcachofa que cociné con tanta emoción. Doy un pequeño trago de mi copa de vino blanco que hemos enfriado.

Sonrío por primera vez en el día.

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