Comiendo por Nueva York. Barney Greengrass y Venchi.

Fotografía: Bernardo Kuri y Victoria Campillo

Barney Greengrass 

En esta visita a Nueva York quise conocer lugares tradicionales. Y qué lugar más tradicional que la tienda de delicatessen o “deli” llamada “Barney Greengrass” abierta en 1908.

Barney Greengrass en 1908.

El fundador, cuyo nombre lleva el deli, tenía un solo deseo – “operar una tienda de alimentos para aquellos que exigen lo mejor”. 

Pero ¿qué venden en este legendario lugar? Pues: esturión (pescado de cuyos huevos viene el caviar) y salmón ahumado; bagels de esturión, salmón, atún, pastrami y lengua; huevos con cualquier tipo de salmón o esturión; caviar; entre otros.

Llegamos temprano a la Avenida Amsterdam y ahí estaba el centenario deli, que fue rateado como el Deli #1 por Zagat durante 10 años consecutivos.

No había fila, lo que es una bendición en Nueva York, especialmente en verano.

Miré por los ventanales en donde se exhiben artículos, fotografías, premios y reconocimientos del restaurante enmarcados; así como fotografías de las escenas de películas y series que se han grabado en el restaurantes como: Seinfield, Sex & the City, You’ve Got Mail y Revolutionary Road.

Entramos al acogedor deli y sentí que habíamos retrocedido unos 50 años en el tiempo.

Primero, está el área de venta del pescado en donde están en exhibición unos salmones gigantes de un naranja vibrante con botes de encurtidos, salsas y otras delicias acomodadas en estantes detrás de los amables encargados.

Al fondo, está el restaurante con paredes con papel tapiz amarillo, sencillas mesas de madera y sillas de piel verde. 

Nos sentamos y nos atendieron enseguida. 

Pregunté cuál era el platillo clásico y el mesero me recomendó el Bagel de Esturión y Salmón de Nueva Escocia, que pedí muy obediente junto con una leche con chocolate. Desayuno de campeones.

En menos de 15 minutos ya teníamos nuestro desayuno en la mesa. 

Me trajeron un fresco bagel de centeno, rebosante en queso crema, alcaparras, rebanadas de esturión y salmón ahumado, con un limón y un pepinillo a un lado. 

Bagel de Esturión y Salmón de Nueva Escocia.

El esturión estaba exquisito. Al igual que el salmón, tiene un sabor fuerte y profundo que contrasta a la perfección con el queso crema, el limón y el pepinillo. 

El pescado es la estrella del sencillo platillo y te deja un delicioso sabor de boca. 

No por nada se le apodó al Sr. Greengrass: “ El Rey del Esturión”.

Definitivamente, dentro de su rubro, este deli ofrece lo mejor de lo mejor cumpliendo con el deseo de su fundador.

Regresaría sin dudas a este deli a probar más de sus delicias. Ojalá persista al menos durante otros cien años más.

Venchi

Nueva York en verano es una prueba de resistencia al calor para cualquiera.

Uno se debate entre descubrir la asombrosa ciudad y morir deshidratado, o permanecer bajo el refrescante refugio del aire acondicionado de alguna tienda o restaurante.

Para mí, siempre es la primera opción. Morir deshidratada pero conocedora.

Habíamos caminado un par de horas bajo el lacerante sol de Nueva York, cuando como un oasis en medio del desierto, vimos la tienda de helados “Venchi”.

Este no es un lugar cualquiera. Nuevo en la ciudad pero fundado en 1878 en Piamonte, Italia por Silviano Venchi.

El Sr. Venchi empezó haciendo chocolates y una vez que triunfó, decidió expandir su negocio haciendo helados. 

¿Qué los hace diferente a otros helados? Pues, de acuerdo a la filosofía este lugar, el gelato se hace diariamente, con leche fresca, sin colorantes, con ingredientes naturales y tiene menos aire que el helado regular, lo que hace que tenga un sabor mas intenso.

Pedí un cono con fondo de chocolate derretido, orilla de chocolate con nougat (algo parecido al turrón), una bola de helado de queso Mascarpone y otra de chocolate. 

Es uno de los helados más cremosos, llenos de sabor y deliciosos que he comido en mi vida. 

Especialmente, el helado de queso Mascarpone me sorprendió. Sentía que me estaba comiendo el queso a cucharadas y ¿quién no quiere sentir eso en su vida?

Nos sentamos en el fondo de la tienda cuyas paredes parecen una fuente gigante de chocolate a disfrutar nuestros helados.

Ahora sí, podía morir deshidratada pero extremadamente feliz.

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