Comiendo por Japón. Día 8: Shojin Ryori (gastronomía budista)

Esta aventura comenzó con dos transbordos en tren, un monoriel, un camión y 800 metros de altura para llegar al templo budista “Sojiin” en lo alto de la montaña de Koyasan que sería nuestro hotel por esa noche.

Templo Sojiin

Koyasan es un pueblo lleno de templos y mausoleos con aproximadamente 12 siglos de antigüedad ubicado en lo alto de una montaña fundado por el monje Kobo Daishi Kukai que al regresar de China quiso crear un lugar para que los monjes pudieran rezar por la paz y bienestar de la humanidad bajo la filosofía del budismo Shingon (no “chingón”).

Su filosofía se centra es conocer la naturaleza a través de rituales meditativos para poder llegar a la iluminación.

Todo el día estuvimos rodeados de naturaleza, de belleza y de paz. Como visitamos el pueblo en otoño, estaba repleto de árboles con hojas de mil tonos: rojos, naranjas, amarillos, verdes y cafés.

Koyasan

Llegamos puntuales a nuestro “hotel” porque nos habían citado para la cena a las 5 pm. Primero, nos sentaron en una salita con decorado barroco y nos sirvieron té de matcha y dulces japoneses, luego nos invitaron a pasar a nuestro cuarto para cenar.

Nuestro cuarto

Nos pusimos las “yukatas” (una especie de kimonos de algodón muy cómodos que hay en todos los cuartos de hotel) que nos dejaron en el cuarto y esperamos.

Es importante recordar que estábamos en un templo budista y que los budistas consideran que matar una vida consciente es inmoral, por lo que nos esperaba una cena 100% vegana.

Los budistas han desarrollado todo un estilo de comida llamada “Shojin Ryori” que utiliza alimentos basados en soya, vegetales de temporada y plantas silvestres de la montaña los cuales, se cree, traen balance y alineación al cuerpo, mente y espíritu.

Los monjes utilizan la “regla de 5” para cocinar estas cenas. Eso significa que utilizan 5 colores (verde, amarillo, rojo, negro y blanco), 5 sabores (dulce, salado, amargo, ácido y umami) y 5 métodos de cocina (sopa, tofu, plato en vinagre, plato frito y plato a la parrilla), todo esto para alcanzar un balance nutricional y en armonía con las estaciones.

Llegó el monje con las tan esperadas charolas y me sorprendió ver el detalle y dedicación que se reflejaba en cada uno de los platos.

El monje nos sirvió agua hirviendo en los platos con tofu y verduras, y esa fue nuestra sopa. Tenía tofu fresco y una especie de tofu añejo. Para mi sorpresa, tenía un sabor elaborado y fue muy reconfortante.

La cajita negra tenía arroz que nos servimos en uno de los platos hondos y lo fuimos combinando con las verduras al tempura, las ciruelas y demás encurtidos.

También, había un platillo que era una especie de gelatina blanca con una hoja de otoño encima que nos comimos al final asumiendo que era el postre, aunque no era dulce.

Finalmente, vino el que sí era el postre: una gelatina de frutos rojos con piña y kiwi.

Mi veredicto: me siento agradecida de haber tenido la oportunidad de conocer esta forma de cocina. Es comida con una intención y toda una filosofía y estilo de vida detrás en la que todos y cada uno de los ingredientes, de los colores, de las maneras de cocinar tienen una razón de ser.

Mi pobre paladar tan acostumbrado a platillos con sal, ajo y cebolla está poco acostumbrado a comida de este estilo, pero aún así creo que probarla es una experiencia que no hay que perderse. Además, me sorprendió gratamente el hecho de darme cuenta que es comida que está lejos de ser blanda, sin sabor o aburrida.

La gran sorpresa fue que la mañana siguiente nos despertamos a las 5 AM para presenciar los rezos matinales de los monjes y al subir al cuarto nos tenían el desayuno listo que era: ¡prácticamente lo mismo que la noche anterior!

Debo aceptar que me costó trabajo hacerme a la idea de desayunar tofu y encurtidos a las 6 AM.

Me resigné. Sopita, ¡listo!; gelatinita, ¡listo!, verduras al tempura, ¡listo!, verduras normales con la zanahoria más tierna en forma de hoja de maple, ¡listo!, encurtidos…no pude.

Encurtidos mañaneros

Nos fuimos con la mente, el cuerpo y el alma plenos.

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