Comiendo por Japón. Día 3: Lawson, Cookie Time y Menya Musashi (ramen).

Lawson

Haciendo investigación para nuestra visita a Japón vi que le preguntaron a David Chang, chef de Momofuku y host del programa “Ugly Delicious”, cuál era su pollo frito favorito de Japón, y contestó que el de Lawson.

De inmediato lo anoté y busqué en internet para hacer una reservación y me llevé una sorpresa cuando vi que Lawson es una tienda de conveniencia en Japón o conbini, como cualquier 7-Eleven.

Ya en Japón, decidimos pasar a un Lawson y ver si era para tanto. No decepcionó. Lawson es como un Oxxo, pero en vez de haber sólo sandwiches y baguettes, hay un refrigerador con rollos de sushi, onigiris (pequeños triángulos de arroz con atún, salmón o algún otro pescado preparado dentro), ensaladas, etc.

Onigiri

La mitad de la diversión con los onigiris es abrirlos. Jalas el papel de un lado, y luego de otro y te queda un triangulito de algas envolviendo el arroz. La otra mitad de la diversión es cuando llegas al centro del onigiri que tiene atún con mayonesa, salmón con soya, o alguna otra sorpresa deliciosa.

También compramos el famosísismo pollo frito de Lawson. Hay tres presentaciones: normal, picante y con queso. Los nuggets están en una vitrina donde se mantienen calientes todo el tiempo. Están deliciosos, crujientes por fuera, jugosos por dentro y todo por unos 200 yenes que son algo así como $70 MXN.

A partir de ese día, creo que desayunamos otros 3 días ahí.

También hay unos sandwiches muy buenos. Hay unos de “buebito” con jamón que realmente valen la pena. El pan super fresco, las verduras crujientes, el huevo perfectamente cocinado y sazonado.

Para mí, el secreto de la comida en Japón es una mezcla de higiene extrema y frescura de los ingredientes, aún en las tiendas de conveniencia como ésta.

Cookie Time

Ese día, después de nuestro nutritivo desayuno, visitamos el Santuario de Meiji Jingu que está en medio de un bosque que está en medio de la ciudad y nos dimos cuenta que estábamos muy cerca de Harajuku.

Nos habían recomendado un lugar que está ahí que se llama “Cookie Time” de origen neozelandés. Hay helados, leches de sabores, malteadas y galletas (muy pero muy de gordos).

Llegamos al lugar en donde suena puro pop tipo Katy Perry y las que te atienden son unas extranjeras guapérrimas (que estoy segura que no comen de las malteadas que venden en la tienda) que te saludan mega emocionadas de verte.

Empezó la tortura de escoger qué pedir, porque como todos aquí sabemos, elegir es, tristemente, renunciar.

Finalmente, me decidí por una malteada de cookie dough con una cucharada sopera de masa de galleta comestible que trae de sorpresa adentro de no sé cuantos miles de calorías y compramos una galleta de chispas de chocolate y otra de limón con trozos de chocolate blanco para los munchies vespertinos.

Si bien este lugar no es de origen japonés, vale mucho la pena para los fans de los postres y los gordos antojados como yo. La malteada no es de esas que están tan espesas que no se pueden tomar, la masa de galleta tiene la consistencia y el balance de sabor dulce y salado perfectos y una sobredosis de chispas de chocolate y la orilla de chocolate fundido del vaso se te derrite en la boca.

De ahí nos fuimos a dar un paseo a la calle Takeshita que tiene muchísimas tiendas de ropa y zapatos mega original y accesible, tiendas de ropa de diseñador de segunda mano, tiendas para “otakus” (fanáticos extremos de la cultura pop, anime, manga), etc.

La odisea más grande fue intentar tirar el bendito vaso de la malteada. No hay un solo bote de basura y los encargados de las tiendas no te dejan tirar comida en sus tiendas. De esta manera aprendimos, a la mala, la lección de tirar la basura en donde compraste la comida o llevar una bolsa para tu basura del día.

Menya Musashi (ramen)

Ya para las 10 de la noche rugíamos de hambre y fuimos (nos arrastramos) a Menya Musashi, un restaurante de culto para los fans del ramen, inaugurado desde 1996.

Uno no puede ir a Japón y perderse la experiencia de ir a un restaurante de ramen.

Llegamos muertos de hambre y frío a un restaurantito que sienta a unas 10 personas con una barra abierta y unos 4 jóvenes chefs preparando el ramen que gritan al unísono “¡Irasshaimase!” (Bienvenido a la tienda) al entrar los comensales.

Nos señalaron una especie de maquina expendedora en donde seleccionas qué quieres comer y tomar (en nuestro caso, al azar porque todo está en japonés). Nos fuimos por el “Musashi Ramen” y por una biru o cerveza de la casa. Pagas como si fuera un boleto de estacionamiento y sale tu ticket que le entregas al chef.

Nos sentamos y nos sirvieron unas cervezas heladas en unos vasos de aluminio mientras esperábamos nuestro ramen. Veíamos a un chef cocinando el puerco entre flamas gigantes, otro escurriendo los fideos del ramen y se nos hacía agua la boca.

Después de poco tiempo, nos sirvieron un platón humeante de fideos, puerco chasu (marinado en soya, sake y vino de arroz o mirin), algas, brotes de bambú, un huevo duro y, por su puesto, el famosísimo caldo. Este restaurante es famoso porque su caldo está hecho de pollo, puerco y pescado.

No sabía ni por dónde, (ni cómo, si soy honesta) empezar a comer esta delicia con los palillos y una cuchara como mis únicas herramientas de trabajo. Con el TOC (Transtorno Obsesivo Compulsivo) a todo lo que daba quería que todos mis bocados tuvieran una mezcla proporcional de todos los ingredientes.

Musashi Ramen y biru

Por fin entre palillos y cuchara di mi primer bocado y me di cuenta que toda mi vida había subestimado el poder del ramen. Ahora sólo sé que deberían de cambiar el título del libro a “Caldo de Ramen para el Corazón”.

La palabra umami llegó a mi cabeza al instante. Umami viene de las palabras Umai (delicioso) y mi (sabor) y se dice que es uno de los cinco sabores básicos junto con el dulce, ácido, amargo y salado. Este término se usa para referirse a la comida cuando tiene un sabor delicioso y pronunciado o intenso y curiosamente fue acuñado por un científico japonés llamado Kikunae Ikeda.

La mezcla del caldo casi cremoso, con los fideos cocinados en su punto, con el sabor intenso de las algas y la yema del huevo es, para mí, la definición tangible y comestible de umami.

Tuve una lucha interna entre querer comer más o aguantar a que los fideos humeantes me dejaran de escaldar las papilas gustativas.

Sorbí como medianamente pude los fideos incandescentes (había leído que es de buena educación sorber los fideos), mezclando todos los ingredientes hasta llegar a la mitad del bowl gigante y no pude más.

Al final sentía que me había cenado un pavo de Navidad yo sola. Dimos las gracias y les dijimos que todo había estado “totemo oishii” (muy rico) y nos fuimos por un Alka-Seltzer al hotel.

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